8 de marzo de 2012

EL PIRATA NEGRO (1926)

El punto álgido de la carrera de Douglas Fairbanks no pudo ser mejor… dentro de un universo de ladrones, él brilla no por ser un hombre justo entre desequilibrados, sino por volverse uno de ellos y convertirse en el mejor…


File:Black pirate 1926 poster.jpg   

¿Qué es lo que llama la atención de las películas de piratas? Las respuestas son múltiples: aventuras en el mar, combates navales, lances en islas misteriosas, enfrentamientos con seres fantásticos… La lista es grande, pero desde un punto de vista netamente argumental, lo más interesante es el hecho de convertir a unos anti-héroes (ladrones, filibusteros sin escrúpulos y muchas veces asesinos) en ídolos de la pantalla grande. En algunos casos dejan de ser los villanos para transformarse en los ofendidos, en los marginados sociales que han debido recurrir a dichas actividades para que su vida tenga algún sentido y existan esperanzas de prosperidad económica y notoriedad; generalmente el líder asume el papel de Robin Hood de los mares. En otros casos surgen intrigas entre los mismos piratas, decantándose casi siempre el desenlace a favor de los “buenos”. Actualmente, las cosas han cambiado, pues todos los factores que en su día contribuyeron a propagar la popularidad de estas películas se ven parodiados en diversas producciones, entre las cuales la más sonada es la tetralogía de Piratas del Caribe.
El Pirata Negro no es la mejor de las películas de Douglas Fairbanks, pero posee dos atributos que sellan su trascendencia en la historia primitiva del cine. En primer lugar, fue el largometraje de historias de piratas que marcó el inicio de este género en la pantalla grande. La trama no es muy complicada. Un grupo de corsarios asaltan un barco y tras saquearlo, lo hacen explotar con los prisioneros adentro. Dos de ellos consiguen escapar a una isla cercana: se trata del duque Arnoldo (Fairbanks) y su padre (el padre de Fairbanks), quien fallece casi de inmediato en brazos de su retoño; éste jura vengarse. Casualmente los mismos piratas han desembarcado en el otro lado de la isla a esconder parte de su tesoro, y ése es el momento que aprovecha el náufrago para hacerse pasar por un bandido perdido, que prueba su valor dando muerte al capitán en un duelo de espadas y posteriormente, capturando por sí solo otro navío. Empero, cuando sus “compañeros” están dispuestos a volar la nave capturada, el encubierto duque propone pedir un rescate a fin de evitar la muerte de los cautivos. El teniente, quien ya siente una aversión y envidia especiales hacia el pirata negro, asiente, pero siempre y cuando dicho rescate se lleve a cabo antes del mediodía siguiente. Las cosas se complican cuando se descubre a una princesa entre los prisioneros, de la cual el protagonista se enamora y trata de salvarla, siendo acusado de traidor y obligado a caminar sobre la tabla. De todas formas, se las ingenia para salvarse, reclutar unas barcas y unos voluntarios, con los cuales se convierte en captor de sus enemigos, para al final revelar su verdadera identidad y jurar amor a su amada.
Diversos elementos típicos son expuestos con detalle, sobre todo el barco pirata, que coloreado con technicolor a través de una de las técnicas cinematográficas más arcaicas, se percibe como un ente luminoso en medio del mar y el cielo en blanco y negro. La rapidez de los acontecimientos marca asimismo la pauta con relación a este género, tomando en cuenta que en un entorno tan monótono como lo es el inmenso mar, no queda otra opción que un desenvolvimiento acelerado de las secuencias. Así, el barco y la isla tropical, ya desde la era muda, pasaban a ser los eternos intérpretes de esta categoría; es el primero el hogar de un grupo de hombres que puede alcanzar el centenar, mientras que la isla es el refugio ocasional, el escape hacia tierra firme, el contacto con el resto del mundo en un ambiente natural. Poca cabida tienen las ciudades y la civilización tal como la conocemos… el mundo pirata prima por encima de todo ello.
El segundo factor que caracteriza a esta obra es la magistral actuación de Fairbanks. Si en Los Tres Mosqueteros, Robin Hood y el Ladrón de Bagdad todo giraba alrededor de él, acá ya prácticamente abarca todo el panorama. Ya no hay lugar para otros actores, porque todos están a su merced. Fairbanks se luce en todo momento, desde que se presenta en el montículo de arena desafiante, proponiendo unirse a los bucaneros. En un duelo de espadas memorable acaba con su rival sin mayor problema, siempre con una sonrisa que se confunde entre auténtica y sarcástica. Luego, sus piruetas dignas del Circo du Soleil nos hacen sentir en un anfiteatro cuando lo vemos ir de cuerda en cuerda, de ancla a cubierta, para aprehender con relativa sencillez al barco rival. Su porte y su carisma acrobático y físico, acompañados también de algo de verborrea, fascinan o estremecen a todos. Lo vemos buceando como un delfín, escalando por el buque como si se tratara de una duna y casi al final, montando a caballo raudo por playas desconocidas a fin de contratar a un conjunto de voluntarios que aparece de la nada y lo siguen incondicionalmente. Su enfrentamiento final con el teniente capitán es brillante y en la última escena, sin que nos percatemos del momento exacto, deja de ser el bravucón y excéntrico pirata para volver a ser el noble y educado duque que se acerca a besar a su lady como un caballero de pies a cabeza.
Lamentablemente, después de esta experiencia la estrella de Fairbanks comenzó a declinar. El gaucho (1927) y La máscara de hierro (1929), secuela de Los Tres Mosqueteros, tuvieron un éxito menor, pero en la última la edad ya comenzaba a hacer mella en el actor y sus habilidades atléticas ya no eran las mismas que unos cuantos años atrás. Por otro lado, la irrupción del sonido, como a muchos otros que florecieran en la era muda, lo terminó afectando. Su primer experimento en el cine sonoro fue con su esposa Mary Pickford en La doma de la bravía (1929), que fue un fracaso comercial. El rey de las aventuras no supo adaptarse a las nuevas usanzas y sus últimas apariciones en la pantalla grande fueron para el olvido, hasta el definitivo retiro con La vida privada de Don Juan (1934). Entre tanto, se divorciaba de Pickford al iniciar un affair con la modelo británica Sylvia Ashley, con la que se casaría en 1936. Tres años después, a los 56 años, Fairbanks murió de un ataque al corazón mientras dormía en su mansión de Santa Mónica. En 1941 su cuerpo fue trasladado al Cementerio de Hollywood, en donde se le levantó un monumento de arquitectura griega y con una piscina rectangular al frente; su gran amigo Charles Chaplin leyó públicamente una remembranza en su honor. Se cuenta que la noche antes de irse a dormir eternamente había dicho: “Nunca me he sentido mejor”…

   

Ficha:
Duración: 94 minutos 
País: Estados Unidos
Género: Aventura
Director: Albert Parker (1885 – 1974)
Reparto: Douglas Fairbanks (pirata negro/duque Arnoldo), Billie Dove (princesa Isabel), Anders Randolf (capitán), Donald Crisp (McTavish), Sam de Grasse (teniente capitán), Tempe Pigott (Duenna).

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada